La Ley del Ginkgo

Nada que ver con la ley de Murphy. Las leyes marcan nuestro comportamiento y nos hacen saber que se puede y que no se puede hacer. Muchas son tan obvias que no debería ser necesario tenerlas por escrito así, parece lógico, que en York (Inglaterra) sea legal matar a un escocés si este va armado con un arco y unas flechas, que en Australia esté prohibido usar mini shorts de color rosa a partir del mediodía del domingo, y en este mismo día se puede encarcelar en Florida a las mujeres solteras que salten en paracaídas.

Los animales también tienen mucho que ver en esto, así en Ohio está prohibido tener un pez borracho, mientras en Liverpool las vendedoras de peces tropicales podrán hacerlo en topless. En Nevada está prohibido conducir en camello por la autopista, mientras en Arizona está totalmente ilegalizada su caza. En Atlanta, que no se nos ocurra atar una jirafa a un poste de la luz, o del teléfono, porque nos van a multar, fijo.

Las plantas tampoco están exentas de cumplir normas, sobre todo en lo que a su cultivo se refiere, y no sería de extrañar que te visitara la Guardia Civil si tienes una plantación de Cannabis, de Erythroxilum coca, o de Papaver somniferum, -opio y derivados-, más curiosa es la restricción que sufren “las Ginkgos hembras” en muchos lugares del mundo, en España sería impensable pues la Constitución prohíbe explícitamente la discriminación por razones de sexo, allende nuestras fronteras la cosa cambia. En Pekín está prohibida la plantación de Ginkgos hembra, lo mismo ocurre en varias poblaciones de los Estado Unidos. En Iowa City los mandaron talar, y en Lexington, Kentucky, está prohibida su tenencia. La razón está en los frutos que desprenden un olor nauseabundo a causa del ácido butírico.

No todo el mundo es tan drástico, así en Columbia utilizaron aerosoles para detener la producción de frutos, por cierto que sin éxito, y luego inyectaron productos “abortivos” en 1.000 árboles con el mismo resultado. Más cercano a nosotros está el caso de Santander, donde anduvieron locos buscando la causa del mal olor en la calle Calvo Sotelo, se revisaron colectores, alcantarillas y un largo etcétera hasta que aparecieron las “culpables”, que eran 23 árboles hembra de Ginkgo. Corría el año 2006 y, supongo, aparte de limpiar también le cambiaron el nombre a la calle, por aquello de la ley de la Memoria Histórica.

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El Ginkgo es una conífera caducifolia que puede sobrepasar los 25 metros de altura. Las hojas son de color verde claro, con forma de abanico, que se tornan de un hermoso color amarillo antes de caer en otoño. Como podemos deducir de lo anterior es dioica, es decir, tiene los sexos separados. El, mal llamado, fruto es pequeño, esférico y la semilla tiene una particularidad: si tiene la corteza dividida en dos partes dará lugar a plantas hembra, si la tiene en tres serán machos.

Su nombre proviene del chino Gin-kyo, y significa albaricoque de plata y, por un error de transcripción, se cambió la y por la g, de ahí el nombre actual. El específico biloba se debe a que la hoja está partida en dos lóbulos.

Tiene varios nombres vulgares como el “árbol de los 40 escudos”, que fue el precio pagado por un francés a un cultivador inglés por cada uno de los cinco Ginkgos adquiridos, una fortuna para la época. El término “árbol de las pagodas” se debe al hecho de ser plantado en los sitios sagrados de Extremo Oriente. También “árbol adiantum” o “árbol del cabello de Venus”, en ambos casos por el parecido de las hojas al helecho “culantrillo” que es un adiantum conocido como cabello de Venus. Los monjes budistas lo llaman “árbol de vida”, porque, dicen, Buda realizó meditación a su sombra. ¿Habrá algún árbol bajo el que no haya meditado Buda?

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Se descubrió para los occidentales en el año 1691 por el botánico alemán Engelbert Kaempfer, que estaba trabajando para la Compañía de Indias y lo encontró en un templo budista japonés. En el año 1717 llegan a Utrech los primeros ejemplares que entraron en Europa.

Fue un gran descubrimiento pues se consideraba extinto por ello toma el carácter de “relicto”. Es el árbol más antiguo sobre la tierra y su aparición se remonta al Carbonífero, hace unos 270 millones de años, es decir, no existían ni los dinosaurios. El periodo de máximo esplendor de este grupo de árboles se produce en el Jurásico, a partir de ahí el declive hasta quedar una única especie, el Ginkgo biloba.

El Ginkgo es un árbol sumamente resistente pues no conoce enfermedades, soporta bien la contaminación, las bajas temperaturas, el fuego y hasta la radiación, por si fuera poco, sus raíces no levantan las aceras.

Se comprobó la dureza de este árbol cuando el 6 de agosto de 1945 explotaba “Little Boy”, la bomba atómica que arrasó Hirosima y con ella un Ginkgo situado a 1 Km del epicentro que, físicamente, desapareció pero volvió a brotar al año siguiente y, hoy en día, sigue vivo, considerándose un símbolo. No más Hirosimas, reza un cartel en su base. Otros cuatro ejemplares también sobrevivieron, y este hecho, al parecer, se debe a que el Ginkgo ya estaba en el planeta cuando la atmósfera terrestre era más rica en oxígeno, con lo que minimizó la radiación ionizante de la bomba, que oxida los tejidos.

Por su resistencia al fuego puede ser utilizado como corta fuegos natural, y sus hojas, introducidas en los libros, los preservan del ataque de hongos e insectos. La semilla tostada es comestible y muy apreciada en China donde le llaman pake-wo. Si van allí acompáñelos con una pijiu (cerveza) y ya me contarán. Bon appétit.