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Un fósil en mi jardín

Y además vivo. A lo largo de las eras geológicas la Tierra ha experimentado cambios de diversas índoles y grados. Y es que un gran cataclismo se merece, como mínimo, una extinción masiva. Así sabemos, y se encargan de recordárnoslo múltiples documentales, que los dinosaurios desaparecieron de nuestro planeta hace 65 millones de años por la caída de un asteroide en el Golfo de México, sin previo aviso.


La parte optimista del asunto es que las especies que sobrevivieron, se adaptaron, y evolucionaron dando, lugar, por ejemplo, a la dominancia actual de los mamíferos y, de paso, a que Darwin y Wallace se lucieran con sus teorías. Lo más curioso viene a ser que, desde hace millones de años, hay especies que siguen habitando nuestro mundo, su nombre: relictos.
Al igual que reptiles, como las tortugas y los cocodrilos, o peces, como el celacanto, se consideran como los vertebrados más antiguos del planeta, entre las plantas vasculares lo son los helechos y las coníferas, que también tuvieron su propia catástrofe natural en el Carbonífero, y, sin salir de Galicia, podemos encontrar dos buenos ejemplos en Culcita macrocarpa C. Presl (helecho de los colchoneros) y Woodwardia radicans (L). Sm, ambas residentes al norte de la provincia de A Coruña y reliquias de la era Terciaria.

Entre las plantas ornamentales, atendiendo a este concepto, la más conocida es la cica, una conífera de la que se puede datar su existencia hace 240-300 millones de años, es decir, antes de la aparición de los dinosaurios. Se la conoce también como palma de iglesia, palma de sagú, palmera de Japón y, más comúnmente cica.

{gallery}jardineria_helechos:300:200:1:{/gallery}Su nombre científico es Cycas revoluta Thumb, y. aunque no tenga nada que ver con las palmeras, se le dio el nombre genérico, procedente del término griego Kykas, en alusión a una palmera enana de Etiopía descrita por Teofrasto, mientras que el específico procede del latín por la disposición de las hojas, “dando vueltas”, alrededor del tronco.
Habita de modo natural en Extremo Oriente, sobre todo en las islas de Ryukyu en Japón.

Tiene el aspecto de una palmera con un tronco cilíndrico de hasta 30 cm. de grosor y puede alcanzar los 7 m. de altura, de lento crecimiento, tanto es así que su precio se tasa en los centímetros de altura que mide el tronco. Existen plantas masculinas y femeninas, lo que en botánica se conoce con el término “plantas dioicas”.

Llegaron hasta ahora por su gran adaptación al medio, soportando un amplio abanico de temperaturas, y porque casi todas sus partes son tóxicas lo que lleva al animal que las ingiere a no repetir el menú, además de unas espinas en la base de las hojas que no hacen muy agradable un pinchazo “en los morros”. Su única parte comestible es el sagú (una fécula), que se extrae de la médula, previo proceso de eliminación de la sustancia tóxica, la cicasina. Mejor no hacer experimentos y comer otra cosa.

Su cultivo en exteriores es fácil, siempre que esté plantada en tierra y no en maceta, vigilaremos el envés de las hojas por ser muy propensa a ser atacada por la cochinilla. A medida que la planta crece iremos eliminando las hojas según vayan secando.

En Vigo hay plantados varios ejemplares en la Plaza de la Independencia.

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